Recuerdo que cuando estaba en la Escuela Pedro María Badilla, de San Rafael de Heredia, llegada todas las semanas el ratoncito Ahorrín.
Un hombre metido en un traje de roedor amarillo encarnaba a la simpática mascota de la Mutual Heredia. Con Ahorrín a la cabeza, llegaba un comitiva de funcionarios de esa entidad a acreditar nuestros ahorros en pequeñas libretas. Lo hacían con una máquina portátil de escribir, de esas que ya no se ven.
A la vista de la inflación actual, esos pírricos ahorros de uno o dos colones por semana me generan nostalgia y ternura. Sin embargo, me hacen pensar en la importancia de iniciar temprano con la cultura del ahorro y acostumbrarse a lidiar con términos como cuentas, débito, interés, depósitos, giros, y otras yerbas.
La parafernalia de Ahorrín y sus libretitas, que tanto “pegue” tuvo con mi generación en los ochentas, ya no existe; en su lugar han aparecido numerosas opciones de cuentas electrónicas y dinero plástico, especialmente diseñadas para los adolescentes.
Al menos yo no conozco datos precisos acerca de cuánto abarca y cómo maneja el segmento juvenil sus finanzas, pero es probable que con un simple vistazo a la cotidianeidad nos percatemos del tamaño y atractivo que tiene esta apetecida tajada del pastel para las entidades financieras.
Somos muchos los jóvenes a quienes nos gusta ir al cine, a conciertos o simplemente salir por las noches con los amigos; también están los que se desviven por andar la ropa más tuanis o tener lo último en tecnología y entretenimiento.
Esos gustos y preferencias tarde o temprano se transforman en gastos. Una cuenta bancaria es un instrumento valioso para introducirse en el sistema financiero y así mantener un control más saludable sobre nuestras erogaciones.
Si antes de lanzarse a la calle con un carro uno tiene que aprender a manejarlo, hacer un examen teórico y otro práctico; con el sistema financiero ocurre algo similar: entre más temprano entremos y aprendamos a administrar nuestros recursos y necesidades –ojalá con ayuda y supervisión—mejor nos conduciremos por la vida en este delicado aspecto.
De la misma manera que al ir en pista o dar una curva cerrada en la carretera, administrar una cuenta bancaria nos permite desarrollar las habilidades adecuadas, la supervisión y la práctica para tomar buenas decisiones en materia monetaria –donde también ocurren lamentables accidentes—.
Además, la mayoría de cuentas diseñadas para jóvenes tienen atractivos beneficios y servicios gratis a los cuales echarles mano –por ejemplo, descuentos para eventos o compras en ciertos comercios—.
Es difícil imaginar que a estas alturas del sigo usted no tenga una cuenta de correo electrónico, por ejemplo. Pero, ¿ya tiene abierta una cuenta en el banco?